«Me quedé en 'shock' al no ver mi nombre en las patentes», dice la bioquímica, cuya investigación fue clave para revolucionar el tratamiento de la diabetes y la obesidad. Sus colegas varones se atribuyeron todo el mérito y ahora Mojsov nos cuenta su lucha de 40 años en pos de la justicia.
Aimee Donellan
Jueves, 16 de abril 2026, 11:47
En cuanto la rata dejó de moverse por efecto de la anestesia, el técnico de laboratorio le extirpó el páncreas. No había tiempo que perder: ... el órgano apenas sobreviviría una hora fuera del cuerpo del animal. Con sumo cuidado, el técnico colocó el páncreas en una pequeña cámara y, con precisión, lo empapó en un cóctel químico preparado por Svetlana Mojsov.
Era el año 1986 y se hallaban en el laboratorio de Gordon Weir, eminencia mundial en el estudio de las hormonas, en el Centro de Diabetes Joslin, en Boston. Mojsov, nacida en la antigua Yugoslavia, tenía 39 años. Llevaba investigando en Estados Unidos desde hacía 14 y, por fin, tenía a su alcance el gran avance que estaba persiguiendo.
«Recuerdo la emoción al conocer los resultados», dice hoy Mojsov en su oficina de la Universidad Rockefeller, en Nueva York. El compuesto que ella había creado con el péptido GLP-1 permitió que el páncreas de la rata hiciera lo que la diabetes le impedía hacer: liberar insulina cuando aumentaba el nivel de azúcar en sangre.
Pensó entonces que aquello abriría el camino a un revolucionario tratamiento para la diabetes. Cuatro décadas después se descubrió que, en realidad, era mucho más importante de lo que pensaba. Su creación es hoy el componente clave de fármacos como Ozempic, Wegovy, Mounjaro y Zepbound, utilizados por decenas de millones de personas en todo el mundo, mayoritariamente occidentales, para bajar de peso. Una popularidad que, creen sus fabricantes, se duplicará o triplicará en pocos años, ya que, además de ayudar a perder casi una cuarta parte del peso corporal, tratan o previenen la diabetes tipo 2, la enfermedad renal y la enfermedad del hígado graso no alcohólico.
Pero hay más. La ciencia investiga si también pueden ser eficaces contra la demencia, el síndrome de ovario poliquístico, afecciones de la piel como la psoriasis, inflamación crónica... Incluso si podrían tratar adicciones al tabaco, al alcohol o al juego. La propia Mojsov, a sus 78 años, trabaja en ver cómo la inteligencia artificial puede ayudar a descubrir nuevos usos para el GLP-1. Y todo comenzó en Boston aquel día de 1986.
Aun así, durante las décadas siguientes, su participación en aquel hallazgo fue desapareciendo poco a poco de los registros. Tres hombres –dos de ellos colaboradores suyos– ganarían los galardones más prestigiosos de la ciencia biomédica por su trabajo sobre el GLP-1, dejándola relegada a una mera nota al pie cada vez más difuminada. Esta es la historia de cómo ocurrió semejante injusticia y el modo en que Svetlana Mojsov consiguió repararla.
En 1972, una joven de 25 años recién graduada en la Universidad de Belgrado llegaba al aeropuerto JFK de Nueva York. De corta estatura y delgada, Mojsov soñaba con dejar su huella en la ciencia desde su nuevo destino en la Universidad Rockefeller, una institución dedicada a la investigación biomédica en el opulento Upper East Side de Manhattan.
La obesidad no era entonces una preocupación en Estados Unidos, pero Mojsov y sus compañeros de doctorado se enteraron de que el hospital del campus realizaba estudios metabólicos en pacientes con sobrepeso severo. Para Mojsov, criada con modestas porciones de platos como pastel de espinacas o 'goulash', era evidente que los estadounidenses comían de forma poco saludable y en exceso. «Recuerdo el pastrami y las hamburguesas gigantes con queso. Nunca había visto esos tamaños de carne con patatas. Todo lo que había en los platos era enorme».
El consenso entonces era que la obesidad era un problema de falta de fuerza de voluntad, hasta que un científico llamado Doug Coleman descubrió en 1973, un año antes de que Mojsov llegara a Estados Unidos, que existía un «factor de saciedad» en la sangre que los obesos no conseguían producir. Ese fue el primer paso.
Mojsov, mientras tanto, comenzó a investigar la diabetes en la Rockefeller como parte del equipo de Robert Bruce Merrifield, futuro ganador del Nobel. Completó el doctorado en Bioquímica en 1978 y siguió trabajando en la materia hasta que, en 1983, se mudó a Boston con su esposo, Michel, un inmunólogo en el Hospital General de Massachusetts. El complejo, con su prestigioso centro de diabetes, es el epicentro de la Facultad de Medicina de Harvard, caracterizado por una jerárquica rigidez dominada por los médicos formados en la propia Harvard.
La función inicial de Mojsov consistía en crear proteínas para otros científicos, pero rápidamente alcanzó el estatus de investigadora sénior, clave para obtener financiación y, con ella, independencia. «Siempre tuve claro que tendría mi propio proyecto».
Pronto llegó a sus oídos el nombre de Joel Habener, un endocrinólogo que trabajaba dos pisos más abajo. Un año antes, él y su equipo habían identificado en el páncreas de los peces el GLP-1, una hormona implicada en la regulación del azúcar en sangre similar al glucagón, el culpable de acelerar los niveles de azúcar en sangre al liberar glucosa almacenada en el hígado.
Mojsov quedó fascinada por las diferentes maneras en que el cuerpo procesa el azúcar en sangre y se dedicó tanto a sintetizar químicamente el GLP-1 como a rastrear su origen. La noticia de sus actividades llegó hasta Habener, que envió a un tal Daniel Drucker, investigador postdoctoral de su laboratorio, a trabajar con Mojsov. La bioquímica pronto desconfió de Drucker. Parecía agradable: un médico joven, enérgico y apuesto, pero al escuchar su propuesta de unir fuerzas aquello le sonó a mera transacción. «No lograba entenderlo –confiesa Mojsov–. Parecía arrogante, pero me interesaba lo que hacía».
El propio Habener pasaba por el laboratorio de Mojsov cada pocas semanas en busca del GLP-1 que ella sintetizaba para sus experimentos. Drucker y él comenzaron a usar sus ingredientes y técnicas para rastrear diferentes formas de GLP-1 en tejido de rata.
En septiembre de 1986, Habener y Mojsov publicaron un artículo donde detallaban el hallazgo del GLP-1 en el intestino, cuya forma activa Mojsov había identificado.
Los endocrinos consideran ese artículo como un hito en el descubrimiento de los fármacos basados en GLP-1. El momento fue crucial. Se publicó el mismo mes en que Jens Juul Holst, de la Universidad de Copenhague, presentó los mismos hallazgos en Roma. La rivalidad transatlántica se intensificó a medida que ambos equipos buscaban un premio mucho mayor: ser los primeros en demostrar que el GLP-1 era eficaz contra la diabetes.
Poco después, la doctora Mojsov se asoció con Gordon Weir y realizaron el trascendental experimento con el páncreas de rata, mencionado al principio de este reportaje, con el que demostró que el GLP-1 controlaba los niveles de insulina.
El artículo que detallaba sus hallazgos se publicó en 1987 en 'The Journal of Clinical Investigation'. Mojsov figuraba como primera autora, Weir como segundo y Habener como último.
Mientras tanto, Drucker trabajaba en experimentos diferentes, pero en busca del mismo resultado. Habener le había encargado descifrar cómo funciona el GLP-1. Mojsov no se dio cuenta entonces, pero el proyecto competía con su propia investigación. Drucker publicó un artículo en mayo de 1987, tres meses después del de Mojsov y Weir, pero incluso así todo parecía cordial.
En mayo de 1993, durante el primer simposio internacional sobre GLP-1, Mojsov empezó a sospechar. Se encontró con Habener por el Centro de Conferencias Vilvorde, al norte de Copenhague, y le preguntó por qué el Hospital General de Massachusetts no había solicitado la protección de patente para el GLP-1. Habener se dio la vuelta e hizo mutis por el foro.
Tan sospechosa actitud encendió las alarmas de Mojsov. Descubrió poco después que el Hospital General de Massachusetts había registrado patentes por el GLP-1 un año antes. Habener figuraba como su único inventor. Es más, se había atrevido a solicitar una patente aparte ese mismo año, apoyándose en parte de la investigación de Mojsov. «Me quedé impactada –dice–. No se me había ocurrido buscar las patentes, pero siempre di por hecho que figuraría en ellas».
Un abogado revisó los cuadernos de Mojsov y escribieron al hospital de Massachusetts para que admitiera el error. Tras doce meses sin respuesta enviaron otra. «Me sorprendió mucho, y a mis abogados también, que el hospital nos ignorara».
Había mucho en juego. El titular de la patente recibiría un jugoso porcentaje de regalías por cualquier medicamento GLP-1, sin mencionar la fama asociada con la invención de un fármaco novedoso y potente. Para entonces, el gigante farmacéutico danés Novo Nordisk ya había pagado a Habener por los derechos de licencia de GLP-1 para tratar la diabetes.
«Me aconsejaron andar con cuidado –cuenta Mojsov–. Debía demostrar mi contribución, pero sin desacreditar a Habener. Decían que mi reivindicación podía poner las patentes en peligro, socavando así los esfuerzos de Novo Nordisk para fabricar un medicamento».
La batalla se prolongó hasta que, en 2006, sin previo aviso, accedieron a modificar cinco patentes para incluir a Mojsov como coinventora. Ella recordó entonces un consejo que le había dado Bruce Merrifield, su mentor y, para entonces, Nobel de Química, para que anotara toda su investigación en unos cuadernos. «Fue de gran ayuda haber anotado las fechas. Gracias a eso conseguí la patente». Pero había un truco... «Al principio insistí en que debíamos repartir los derechos a partes iguales, pero mi abogado me dijo que llegara a un acuerdo». Al final se le concedió un tercio de las regalías. El resto sería para Habener. La lucha, sin embargo, estaba lejos de terminar.
Habener, Drucker y el danés Jens Juul Holst han admitido que Mojsov hizo una contribución importante al descubrimiento del GLP-1. A ninguno se le conoce el mínimo esfuerzo, sin embargo, para que el mundo conozca el alcance de su participación.
En 2021, los tres hombres compartieron el Premio Internacional Gairdner, considerado un precursor del Nobel, por su trabajo sobre el GLP-1. Una semana después, la prestigiosa revista académica 'Cell' publicó un artículo plagado de imprecisiones.
Hablaba de Habener como el único inventor del GLP-1; Mojsov aparecía como miembro júnior de su laboratorio y no se mencionaba que fuera coinventora en varias patentes. Mojsov escribió una queja al editor, señalando todos los errores. Recibió una disculpa y todo fue corregido. Una pequeña pero crucial victoria para ella.
El impacto del GLP-1 coloca a sus descubridores en la senda de ganar un Nobel de Medicina. El premio, sin embargo, solo puede dividirse entre un máximo de tres personas. Así que, a menos que Mojsov fuera capaz de demostrar su mérito, perdería una oportunidad única en la vida.
Gracias a las correcciones que Mojsov hizo para 'Cell', la comunidad científica reconoció por fin la verdadera dimensión del trabajo de Mojsov. La primera consecuencia fue la concesión del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2024 ex aequo a Drucker, Habener, Holst y Mojsov, junto con un cuarto investigador, Jeffrey M. Friedman, por establecer las bases endocrinas de la diabetes y la obesidad y permitir el desarrollo de fármacos eficaces.
Gracias a las correcciones que Mojsov hizo para 'Cell', la comunidad científica reconoció por fin la verdadera dimensión del trabajo de Mojsov. La primera consecuencia fue la concesión del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2024 ex aequo a Drucker, Habener, Holst y Mojsov, junto con un cuarto investigador, Jeffrey M. Friedman, por establecer las bases endocrinas de la diabetes y la obesidad y permitir el desarrollo de fármacos eficaces.
Tres meses después, Mojsov recibió un reconocimiento mucho más apreciado por la comunidad científica. Junto con Habener y Lotte Bjerre Knudsen, investigadora de Novo Nordisk, recibió el Premio Lasker-DeBakey de Investigación Médica Clínica, el máximo galardón de Estados Unidos en investigación biomédica. Un reconocimiento que sugiere que, si el Comité Nobel reconoce finalmente a los científicos que abrieron el camino hacia la 'era Ozempic', es muy probable que Mojsov esté entre las galardonadas.
Habener inició entonces un acercamiento y la llamó para felicitarla. La «breve y cordial conversación» era la primera que mantenían en más de 30 años. En la entrega del Lasker-DeBakey, sin embargo, a la que Mojsov acudió con su esposo, su hijo y su hija, la bioquímica nacida en Skopie (Macedonia del Norte) se puso en pie y, de forma breve, explicó el honor que suponía para ella aquel galardón, destacó la importancia de la colaboración en la ciencia y de Habener, tres asientos a su derecha, no dijo ni una palabra. Al sentarse, su hijo le susurró al oído: «Lo lograste, mamá».
Sobre la firma
Aimee Donellan
Más de
Las Voces de XLSemanal
Por Tobias Scharnagl | Narrado por Diego Bagnera
Svetlana Mojsov
Aimee Donellan
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia