En la barra, todo crudo

La iniciativa «solo barra, solo crudo, solo noviembre» dispone de ocho plazas en silla alta para disfrutar de un menú por 35 euros más bodega


A Coruña

La propuesta es solo para este mes. «Se trata de probar cosas nuevas. Si tiene aceptación puede ser que lo hagamos de manera habitual», explica Carlos Pérez mientras manipula un escacho, rubio o alfóndiga. El pescado está como Dios lo trajo al mundo. La iniciativa se denomina solo barra, solo crudo, solo noviembre. Tan solo hay ocho plazas en silla alta para disfrutar de un menú por 35 euros más bodega, eso sí, todos los platos contienen productos crudos. Para empezar, el citado escacho presentado de manera espectacular y sobre el que vierte con suavidad unas gotas de caldeirada. Es una de las joyas de este cocinero que trabajó con Marcelo y muchos años en Kabuki. Sigue manteniendo la taberna Hokutó, ahora con un concepto diferente pero de base oriental, y desde hace unos meses el restaurante Overa, al que intenta atraer a más público con acciones como la de la barra a precios más asequibles. Al sunomono, la ensalada japonesa, le incorpora un pescado que me parece maravilloso, los lirios o bacaladitos. Como el conjunto es tan sabroso es mejor pasar por alto el detalle de que los pescaditos, limpios de espinas, están fritos en tempura. No están crudos, pero qué más da. La albacora cortada en daditos con algo de picante y arroz es un plato contundente y redondo. Sigo en la barra con un nigiri de xurelo sobre el que aprieto un pequeño tomate como si se tratase del limón sobre unos calamares a la romana, otro nigiri de xarda o caballa, y, como fin de fiesta, uno de ollomol a la bilbaína, que creo que es donde Carlos alcanza la plenitud. «La idea es ir variando según mercado y, si el día está frío, empezar con una sopa miso», apunta desde el local de la calle Durán Loriga del centro de A Coruña. El festín termina con un steak tartar sobre una oblea-oreja de entroido, y una torrija de las de toda la vida. Por cierto, antes de todo ese menú de crudos en la barra, me puso unas minchas-bígaros-caramuxos procedentes de Inglaterra. Antes era un producto tan asequible y abundante que te lo ponían gratis en bares de toda Galicia con su inseparable alfiler. Ahora es complicado comercializarlo y el precio ya no es el que era. Así que ahora las minchas hablan inglés. De lo que se entera uno sentado en la barra de un restaurante asiático-galego de referencia.

ALMUERZO CON PÉREZ-REVERTE

Hace tiempo que aprendí la lección. Hay comidas en las que lo mejor es estar callado y dedicarse a escuchar. A disfrutar de lo que dicen personas con las que pocas veces tienes oportunidad de coincidir. Es más, es posible que nunca vuelvas a poder sentarte en torno a una mesa con los mismos comensales. Interesa siempre más lo que ellos cuenten, esté uno de acuerdo o no, que lo que tú puedas aportar en el almuerzo. Lo digo porque esta semana tuve la suerte de compartir mesa, mantel y pescado con Arturo Pérez-Reverte. La organización de la comida corrió a cargo del librero Manuel Arenas, que inauguró una nueva tienda en A Coruña. Pérez-Reverte presidió la apertura oficial del espacio, por la tarde firmó ejemplares a más de medio millar de seguidores durante varias horas y sin sentarse en ningún momento ni dejar de sonreír. Una jornada completa que incluyó el citado almuerzo. Fue el martes, el día del abrazo de Sánchez e Iglesias. El escritor me pidió que le leyese con calma los diez puntos del preacuerdo firmado por ambos líderes políticos. Entré en la web de La Voz desde el móvil y se los fui leyendo mientras él los comentaba con su mordaz estilo. «No me voy de España porque no tengo 30 o 40 años, que si no», comentó. Al acabar la comida, uno de los invitados -éramos diez- me dijo: «Estuviste muy callado». Hay barras en las que el pescado se come crudo y mesas en las que es mejor escuchar que hablar. 

Pérez-Reverte: «Vivimos ajenos a la realidad, en una especie de trinchera de algodón»

Ana Abelenda
Pérez-Reverte, este martes en la inauguración de la nueva librería Arenas
Pérez-Reverte, este martes en la inauguración de la nueva librería Arenas

El escritor y miembro de la RAE firmó el martes en A Coruña ejemplares de su novela «Sidi». «Si yo pensara en el poder que tengo, no lo utilizaría», afirma

Bajo una cortina de lluvia, también de seguidores apiñados ante el estreno de una librería, A Coruña ha recibido a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), el novelista. Ha venido a lo Lorenzo Falcó en el aspecto, con sombrero y gabardina, para inaugurar, el martes más literario del otoño, la nueva Arenas, una acogedora casa para los libros en la avenida de Oza, que les recibe con malla y yelmo, aguerrida en el escaparate y en la defensa de su papel. «Abrir una librería es un acto de valor. Una librería es una trinchera, para afrontar lo oscuro de estos tiempos», aseguró en el acto de inauguración el autor de Sidi, un relato de frontera, que acerca al lector a un Cid particular, épico pero humano, a la fuerza de la intuición y el instinto, a la crudeza de la guerra. El Cid Campeador no fue el primer flechazo literario para el escritor, que descubrió de pequeño La leyenda del Cid, de Zorrilla, en la biblioteca de su bisabuela. ¿Cómo fue cambiando su visión del mito a lo largo de los años? «Cambió rápidamente. En el colegio, a los 9 años, en historia de España se hablaba del Cid, y era un Cid absolutamente franquistizado, muy politizado. El paladín de la cruzada», recuerda el académico. «Tuve muchos Cids en mi vida -continúa-. Manejé varias versiones diferentes, pero había leído, tenía una familia con biblioteca. Y una biblioteca es un antídoto contra todo. La biblioteca me daba la vacuna para no dejarme influir por los Cids exteriores. Me hice una idea bastante plural, de un Cid mercenario, hombre de frontera, con talento, con inteligencia. Esa idea del Cid de espada de herejes yo no la tuve en ningún momento». 

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