¿Quieres cambiar el mundo? Pues esto es lo que debes comer

La ONU ofrece las claves para actuar de forma individual contra el cambio climático. Una científica que participó en el informe del IPCC recomienda un cambio en la dieta


El informe especial Suelo y seguridad alimentaria publicado por Naciones Unidas a través del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) es histórico por múltiples motivos. Por fin una publicación incluye a todos los equipos de trabajo del IPCC sobre un asunto tan importante y poco atendido como la alimentación. «La mitad de la tierra libre de hielo se usa para la producción y el consumo de alimentos. Los que llevamos años investigando sobre el impacto de la agricultura sabemos que representa un sector clave pero poco visible a pesar de que es responsable del 37 % de la emisiones globales de gases de efecto invernadero», reconoce Marta Guadalupe Rivera, una de las autoras principales del estudio.

Además, por primera vez la ONU entra en los hogares. El diagnóstico retrata un problema muy concreto, que responde a hábitos cotidianos y que tiene una solución sencilla. A partir de ahora ya no hay excusas para que cada ciudadano pueda adoptar medidas para reducir su huella de carbono. «Hay estrategias políticas que deben desarrollar los gobiernos y que son muy importantes. Pero también hay comportamientos que cada uno de nosotros podemos asumir en el día a día», apunta Rivera, una española entre los 103 científicos de 52 países que han participado.

Hasta ahora todo el debate asociado al cambio climático orbitaba alrededor de actuaciones poco practicas, difíciles de adoptar y a menudo polémicas. «Pongamos, por ejemplo, el caso del transporte. Si yo he comprado un coche de gasolina hace dos años y ahora me dicen que tengo que adquirir un eléctrico casi con toda seguridad no tendré el dinero. También puede darse el caso de que tenga que usar mi vehículo porque no hay un transporte público adecuado. Todo esto no depende de mí. Sin embargo, si quiero ser parte de la solución y no del problema puedo actuar sobre la dieta y eso es algo factible esta misma noche en mi casa», sostiene. 

La revolución individual contra el cambio climático empieza en el plato. En el caso de los españoles pasa por adoptar la típica dieta Mediterránea, que según los expertos se está abandonando. «Estamos consumiendo enormes cantidades de proteínas de origen animal, que tienen un impacto tremendo tanto en el uso de los suelos como en las emisiones directas de dióxido de carbono y metano», explica.

El modelo actual de generación de alimentos a escala global no se puede sostener en el tiempo. Hoy por hoy la producción animal libera gases a través de la fermentación enterica y excreta (44 % de metano) y la generación de pienso (41% de dióxido de carbono y dióxido de nitrógeno). Esta ingente cantidad de emisiones únicamente para darles de comer. «Estamos dedicando una tierra que podría ser aprovechada en la alimentación de las personas para los animales. Por tanto es un uso indirecto de los recursos. En este proceso realmente estamos haciendo una emisión doble. Por otro lado, el mayor incremento de consumo animal proviene de la carne de pollo y cerdo, que se desarrolla con un modelo intensivo que usa espacios para el pasto que podrían ser para consumo humano», reconoce.

Un menú acorde a la emergencia climática que amenaza a la humanidad debe reducir drásticamente el consumo de carne. Y si eso no posible, que proceda al menos de fuentes sostenibles y resilientes. «Hay que incrementar la dosis de proteína vegetal pero sobre todo de fruta y verdura. Esto reduciría las emisiones y los usos del suelo», incide la investigadora.

Modificar los hábitos alimentarios no solo tendría beneficios en el clima sino también en la salud humana. «Actualmente el mundo hay más de dos mil millones de personas con sobrepeso y ochocientos millones que están desnutridas», recuerda Julio Barea de Greenpeace. En España los datos no son mucho mejores. Uno de cada tres niños padece obesidad o no tiene una dieta que garantice su seguridad alimentaria, que «no solo es aquella que tiene que ver con la cantidad de alimentos sino también con la calidad. El informe nos muestra incluso que el efecto económico que tiene sobre la salud pública en el largo plazo es mucho mayor que el supone un cambio radical del sistema alimentario», advierte la científica.

A la economía mundial le saldría mucho más caro dejar la dieta como está que introducir algunos cambios en el menú. «Se produciría una sobrecarga sobre el sistema de salud pública debido a las enfermedades. En Estados Unidos, el tratamiento de la diabetes tipo 2 supone unos nueve mil dólares por persona», admite. Otro desafío que urge gestionar es el de los desperdicios. De acuerdo con el informe, se derrocha entre un 25 y un 30 por cien de toda la comida que se produce en el mundo. Minimizar esta sangría frenaría la deforestación que está se llevando a cabo a escala mundial sin control.

 Un futuro inestable

El informe adelanta algunas situaciones que se podrían dar dependiendo de los diferentes escenarios que contemplan los esfuerzos por reducir emisiones a lo largo de este siglo. Los científicos reconocen que el aumento de la temperatura global ya está reduciendo la disponibilidad de comida. Pero la seguridad alimentaria se sustenta, además, sobre otros pilares como el acceso, el uso y la estabilidad en el tiempo. «El acceso, por ejemplo, depende mucho de los precios y sabemos con certeza que el cambio climático está afectando al valor de la comida. Un caso claro se produjo durante la crisis del 2007. Uno de los factores determinantes fue la sequía en Rusia, que representa una canasta básica de trigo dentro del comercio internacional. La falta de lluvias encareció el precio del trigo y, entre otras consecuencias, se produjeron revueltas en países como Haití, donde cayó el Gobierno», asegura.

Por otra parte, sobre el uso de los alimentos a lo largo de este siglo, diferentes experimentos realizados por los mismos investigadores que han participado en este último informe del IPCC con algunos cereales en una atmósfera con un alto contenido de dióxido de carbono, determinan que el nivel nutricional disminuye. «La calidad de la comida empeora, algo que también se agravaría durante el desarrollo de los diferentes fenómenos extremo», termina la experta.

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