Carlos Almuíña: «No me gusta la restauración de la Catedral, de repente no tiene edad»

El arquitecto y profesor lamenta que «han borrado tanto la piel gris como el tono dorado» de la basílica


santiago / la voz

Hace años que se retiró a Merza (Vila de Cruces) donde cultiva la huerta, pasea y lee mucho. Carlos Almuíña Díaz (Santiago, 1946) dio clases de Dibujo Técnico en Peleteiro hasta hace un par de años, se jubiló en el 2012 y cerró el estudio de la Praza do Toural en el 2008, tras quedarse solo por el fallecimiento de sus dos socios, Rafael Baltar y José Antonio Bartolomé. Reapareció públicamente en los Lunes del Ateneo, adonde vino a hablar del centenario de la Bauhaus.

-¿Qué es la Bauhaus?

-Una escuela de formación profesional que nació en Alemania. No se trata de un estilo, como mucha gente cree, era un proyecto pedagógico donde se enseñaba una visión conjunta del arte constructivo.

-¿Se conserva actualmente esta filosofía?

-En la Bauhaus se enseñaba a artesanos, pintores, carpinteros y, al final, arquitectos. Queda la idea de organizar estas enseñanzas con espíritu de colaboración. Hoy en las escuelas de arquitectura se mantiene y se enseña a estar abiertos y a colaborar con otros profesionales.

-Tenía la idea de que el arquitecto era una especie de dios.

-No es el dios de la obra, pero es su máximo responsable. Nosotros, en el estudio, siempre mantuvimos esa actitud de cooperación con los aparejadores, jefes de obra y los propios albañiles.

-Se le agolparán los recuerdos der sus compañeros...

-Fueron muchos años juntos. Rafael y José Antonio empezaron en los sesenta y yo me incorporé en el decenio siguiente. Los considero maestros y amigos. Y llevábamos a gala ese espíritu de colaboración e integridad. Nunca nos plegamos a ciertas insinuaciones, y renunciamos a obras por mantener nuestro criterio y ética profesional. Pocos estudios hay en Galicia con dos o tres arquitectos que trabajasen juntos hasta la muerte.

-¿De qué obras está orgulloso?

-Del aulario de la Facultade de Políticas, ese edificio oscuro pegado a la carretera, donde logramos cambiar la idea que tenía la Universidade. De los juzgados de Fontiñas, donde en pocos metros conseguimos hacer un espacio unitario...

-¿Y de la rehabilitación del Principal y del Salón Teatro?

-Claro. Y de los teatro Colón (A Coruña), Jofre (Ferrol) y Beneficencia (Ortigueira). El Principal es una recuperación del teatro del siglo XIX, mientras que el Salón Teatro es una pieza completamente nueva.

-¿Qué opina de la rehabilitación de la Catedral?

-No me gusta, porque de repente la Catedral no tiene edad. Han borrado tanto la piel gris como el tono dorado. En un edificio de piedra no es lícito retirar esa pátina, siempre y cuando no perjudique al mantenimiento del granito.

-Coincide con un estado de opinión de parte de la ciudad.

-Cuando nosotros trabajamos en la Catedral, estudiábamos los líquenes y los musgos, y prescribimos que se debería eliminar cierto tipo de plantas con cepillos de cerda suaves, nunca de alambre, y manualmente. No se puede dejar un edificio como este sin edad. Y a nosotros nos criticaban por poner bolas nuevas en los pináculos cuando estaban rotas.

-La controversia en la materia siempre parece inevitable.

-A nosotros se nos criticó mucho por usar procedimientos demasiado modernos, como colocar bloques de hormigón muy compacto para impermeabilizar las capillas absidales. Hoy lo volvería a hacer exactamente igual.

-¿Cómo diseñaría las ciudades del siglo XXI?

-Tenemos que dejar de hacer solo urbanismo, algo meramente técnico, y añadirle urbanidad, algo que no es fácil. Hay que tener en cuenta la relación interpersonal. Por eso las ciudades históricas de tamaño medio, como Santiago, permiten la relación entre los ciudadanos.

-Pero la tendencia es la contraria.

-Porque eso va bien para el capital. Es el modelo ideal del capitalismo más duro.

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