Telecinco llegó a Orense


Paco antes dormía bien. El camión de la basura se convirtió en su sonido favorito. El estruendo nocturno significaba que podía dormir media hora más. No había nada más placentero que reactivar el sueño y Paco se había convertido en un experto. Esa mañana el taxi lo recogió en su casa de Madrid a la misma hora que lo hacía cada día. La seguridad infranqueable de la rutina. La carencia de riesgo. De no poder planear el plan. Una vez en los estudios, sin tiempo para el café restaurador de vidas, subió a la furgoneta que, como si de un cartel publicitario se tratase, lucía un gran El Karaoke de Telecinco a cada lado.

Anuncio imperturbable de la llegada televisiva allá donde decidiese entrar. Era martes y con la Década Prodigiosa solo cantaba los fines de semana. La hoja de ruta de Paco lo llevaría una semana más por varios pueblos y ciudades que uno no sabría situar en el mapa. En aquella ocasión el programa terminaba en Orense. Orense le sonó a ciudad fantasma, a fritanga y a camisas de franela y humedad. Algo le perturbó el sueño de pronto a la altura de A Gudiña. Como un retortijón extraño que te muerde por dentro tan solo un segundo.

Pero él era Paco Morales, ya casi lo había visto todo. El cocido reparador en Xinzo calmó por un breve espacio de tiempo toda sensación posible de adversidad y, mientras pensaba que le encantaría ser ambidiestro, se durmió de nuevo en el asiento trasero. La cola para el casting previo al concurso daba dos vueltas sobre sí misma. Llegaba cerca del obispado, allí, donde todos los secretos duermen. El presentador no daba crédito ante el poder de convocatoria. Ni Cuenca ni Soria habían reunido tal cantidad de gente. Y el mordisco que volvía a pellizcar con mesura.

Orense. Imprevista ciudad gloriosa. La decepción de la mayoría de inútiles asistentes faltos de talento se mezclaba con el ansia enloquecido de las maduras adoradoras de Paco. Él las miraba desde lejos, pidiéndole al mismísimo santo Cristo que la endeble valla de seguridad aguantase las embestidas hormonales de aquel olor menopáusico que se colaba en su camerino. Y llegó el día del estreno. La sucesión de voces cantarinas locales fue fatal.

Gallos, bailes desacompasados, creo que incluso una pobre veinteañera se olvidó de leer por un instante y miraba cesante el telepronter. Su canción se volvió jeroglífico. La grúa que ya vivía sobre la plaza se reía en lo alto.

Sonaron Cartas Amarillas, Jetsemaní y una desesperada versión de Marta Sánchez que seguro estremeció a la cantante allí donde estuviese. Paco ayudaba a los concursantes con su voz, dejándoles el tono adecuado sobre el hombro, justo al lado de la oreja. El corazón le escocía exasperado en silencio.

Subió Josefa. Una especie de Carmen Sevilla mejorada en el color de piel. Sin aviso le atacó la boca a un Paco inerme que no sabía si besar o empujar. «Será típico de aquí», pensó.

Ella cantó Mecano y ganó el programa sin discusión.

Orense se convirtió en Ourense y Paco jamás volvió a dormir como antes.

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