Del clima, la ciencia y el mejillón


Terminé un enredado año 2019 leyendo trabajos científicos publicados, también anuncios de algunas organizaciones gallegas que trabajan en investigación, sobre los posibles efectos dramáticos del cambio climático en el cultivo de mejillón. No habiendo olvidado todavía mis 47 años de actividad científica en la investigación marina, sentí asombro y preocupación. Bajo el argumento del incremento de la temperatura y estratificación del agua, unos proponen trasladar las bateas hacia las zonas externas de las rías y otros proponen producir semilla de mejillón resistente (sic) al cambio climático (temperatura y acidificación), para anticiparse a los cambios ambientales que hagan peligrar la producción de mejillón en Galicia.

Es obvio que el papel lo aguanta todo, pero, ante un hecho cierto como es el proceso de cambio climático, el catastrofismo o la banalidad argumental pueden contribuir a su negacionismo o a reacciones hiperbólicas.

En los penúltimos trabajos científicos del CSIC en los que participé se establece el mejillón como un ecofisiotipo tolerante y con elevada respuesta adaptativa a la acidificación, y por lo que respecta a la temperatura los estudios recientes establecen un rango de tolerancia para el mejillón entre 5 y 35 grados centígrados, con temperaturas funcionales optimas que abarcan un rango de entre 11 y 24 grados de temperatura del agua.

También en esos penúltimos trabajos, publicados al amparo del proyecto Climefish (UE H2020), se establece que aplicando diferentes modelos climáticos de predicción (noruego, australiano e inglés), dadas sus insuficiencias predictivas, en las rías gallegas y para el horizonte 2050, el cambio climático estimado por dichos modelos apenas afecta al crecimiento del mejillón en ese período. Como tampoco afecta a la captación de semilla de mejillón -dentro de su variabilidad interanual-, dado que el ciclo de fijación está controlado por la irradiación solar, para la cual no se predicen cambios relevantes en las próximas décadas. Predicciones que tranquilizan, pues para mantener el cultivo se necesitan unos 10.000 millones anuales de semillas de unos 20 milímetros, para plantar en las cuerdas de las 3.300 bateas que hay en las rías. Tarea ingente y de costes incalculables para producirla en cautividad, como algunos pretenden. Queda por último determinar el posible efecto del cambio climático en la amplitud de los cierres por mareas rojas de impacto negativo en la producción, así como en la frecuencia de eventos climáticos extremos que afecten a la seguridad de las bateas.

Para paliar tal fin de año llegó Claves de la Razón Práctica, que en su número de enero aborda un análisis sobre el cambio climático, especialmente analítico con los modelos climáticos actuales, que, junto a las aportaciones divulgadas del profesor Bjorn Stevens, director del Instituto Max Planck de Meteorología, permiten ampliar conocimientos críticos sobre modelos del cambio climático. Algo al parecer necesario para la sociedad, los gobernantes y los investigadores. Porque una cosa es dónde se ve la zanahoria y otra el rigor de las hipótesis.

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