Dios salve a la reina


Que una tercera temporada de una serie supere todas las expectativas es tan excepcional que merece una ovación. Y The Crown lo ha hecho con un alarde de maestría que solo pide más y más capítulos y solo pide más y más reina. Era difícil en esta madurez de Isabel II sobresalir después de la magnífica interpretación de Claire Foy en las dos primeras temporadas, pero Olivia Colman es de otra galaxia y ha conseguido que su reina se arme con una contención emocional sublime. Imperial. Majestuosa. La tercera temporada de The Crown es un alarde de brillantez, de exquisita precisión gracias a unos guiones que apuestan -a la inglesa- por la palabra justa y los silencios. Silencios que evidencian la enorme carga que supone la toma de decisiones para una reina desajustada por los vaivenes familiares y la llegada de los socialistas al poder. Pero ese retrato que podría ser histriónico y poco creíble, resulta en Olivia Colman tan escrupulosamente real que la distante recreación de Isabel II la hace muy cercana. A Colman te la crees como te crees todas esas tramas históricas que van perfilando a la perfección la historia personal de Isabel II: la tensa relación con su hermana, su abnegada fidelidad a su marido y su absoluta certeza de que por encima de cualquier debilidad, en ella se impone la verdad de una reina. The Crown es una obra maestra.

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