Doña Inés está en peligro


Inés Arrimadas fue, y todavía es, la joya más valiosa del depauperado universo político español. Inteligente, valiente, comunicativa, de emociones abundantes pero controladas, siempre oportuna, bien centrada en su discurso y sin abusar de ninguno de los tópicos del feminismo instrumental, parecía -y a veces me lo sigue pareciendo- la mujer que iba a modernizar y ejecutar con cara amable la política de nuestro tiempo.

Pero, entre tantas luces que disfruta, la señora Arrimadas también se me presenta como una víctima de lo que mi experiencia ha definido, en frase lapidaria, como la mayor desgracia que puede abatirse sobre un político, que es «no ser jefe ni tenerlo». La sentencia vale también para el oficio militar, o para los equipos de cirujanos de alta especialización, ya que describe ese carrusel de oportunidades que van haciendo mutis por el foro sin que nadie pueda aprovecharlas. Pero es especialmente grave en la vida política, donde las consecuencias de los proyectos urdidos y dirigidos por un pollo sin cabeza se contagian a la pirámide de mando, hasta conseguir que todo el mundo quede estragado, menos el responsable de la desfeita.

Rendido admirador del Tenorio, que sigo viendo todos los años en el día de Fieles Difuntos, no puedo resistir la tentación de dejarle dos líneas a Zorrilla para que me haga la preciosa invocación que nadie puede mejorar: «Doña Inés del alma mía. / Luz de donde el sol la toma, / hermosísima paloma / privada de libertad, / si os dignáis por estas letras / pasar vuestros lindos ojos...», quiero advertiros, señora, que el seguir fielmente a ese pollo sin cabeza que es don Albert Rivera, y asumir el imposible deber de pasar a limpio todas las quiebras y desajustes de su atrabiliario magín, empieza a tiznar vuestra imagen impoluta con todos los sarros que acumula la sartén.

De momento, señora Arrimadas, todos los que la vemos y seguimos somos conscientes de que el desnortado, el inconstante, el tarambanas y el infantilmente endiosado es él, por lo que todos los apuros que usted pasa, para aparentar que el discurso de Ciudadanos está rebozado en lógica y coherencia, los apuntamos en el haber de usted como méritos indubitados. Pero la idea de que el señor Rivera no puede ser el único tarambana se empieza a colar entre las neuronas del respetable, y pronto será inevitable que la hagamos a usted partícipe y cosechera de todas las tonterías e inconsistencias que su jefe de filas le obliga a decir en sus comparecencias diarias.

Usted, doña Inés, no se puede gastar en esto. Y no solo porque sus condiciones nos hacen depositar en usted enormes esperanzas, sino porque, si un día hay que sustituir a Rivera, solo usted está en condiciones de coger el timón y pautar la singladura. Por eso es usted un capital que trasciende a su partido e interesa a todos los ciudadanos. Y por eso termino parafraseando al célebre alcalde de Móstoles -porque hoy escribo con préstamos- para decir: «Españoles, doña Inés está en peligro. Acudamos a salvarla».

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