Piedra y agua


La verdad es que a muchos no solo nos alegra, sino que hasta nos emociona un poco que la Unesco, a la hora de llamar la atención sobre el verdadero valor del patrimonio de la humanidad, y además de dirigir su mirada a los grandes monumentos, también se acuerde de las tradiciones, del arte de contar historias en voz alta y -por citar otro ejemplo más, en mi opinión particularmente valioso- de la forma en la que los pueblos se han relacionado, a lo largo de los siglos, con el territorio que habitaron y cuidaban. A mí me parece que habría que reivindicar, con el mayor de los entusiasmos, tanto la música de las campanas como el teatro hecho con marionetas. Y, puestos a pedir, también los cafés literarios de Europa y el casi infinito catálogo de los seres soñados. Pero, mientras tanto, me reconforta el alma que la Unesco haya reconocido ya el valor de la piedra seca, alzada sin argamasa alguna, de la que en Galicia hay magníficos ejemplos, como los valados de los montes de Marraxón, que en algún caso llegaron a tener cientos de metros de longitud. Esa piedra seca es mucho más que una tradición arquitectónica que viene de la antigüedad más remota: es la memoria, labrada en silencio, de quienes construyeron los muros que ahora contemplamos. Y lo mismo puede decirse de los lameiros, de los prados regados por una inmensa red de minúsculos ríos -a mí me gusta llamarles así, ríos, puesto que con la imaginación pueden ser navegados- que protegen la hierba de las iras de la helada. Creo que ya les hablé de uno de esos prados de agua en el que, en medio de la niebla, se aparecía o barco de vela. El corazón me dice que es una tierra sagrada.

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