Los de Villarriba y los de Villabajo


Antes de dormir, me enchufo el iPad sobre las rodillas y ponemos una serie en alguna de las ya no sé cuántas plataformas digitales que pagamos religiosamente a fin de mes -HBO y compañía nos han devuelto a la legalidad, pero con el sombrero pirata todo era bastante más sencillo-.

Cayó el documental de Parchís. Que Netflix -que ya conoce muy bien quién hay detrás- dejó en recomendados. Supongo que no entra en la categoría de spoiler decir que al final aquella banda ochentera infantil se disuelve. Con bastante mal rollo, por cierto. Todo porque Tino -el rojo- traicionó al resto de integrantes cuando en los estertores de su fama trató de buscarse la vida como solista mientras los otros colores aún confiaban en firmar el contrato de sus vidas.

Al tal Tino, que era el guaperas y el mayor, aquello le valió la enemistad por años con el resto de fichas. Porque aquellos chavales -hoy metidos en cuerpos de 50 años- fueron fichas al servicio de gente que se forró y de sus propios padres, que casi eran los peores. Vaya por Dios.

Todo esto es una reflexión para dejar caer sutilmente cómo los niños son uno de los recursos más efectivos de los mayores para crear jaleo. Y eso que de aquellas no había Twitter. Hoy sí, y no queda otra que presenciar como la sepsis digital hizo verter todo tipo de comentarios a raíz de una noticia que publicó este periódico sobre un chaval coruñés que decidió fichar por el Celta y al que le deseo que sea más de entretenerse con Instagram.

Porque qué vergüenza fichar por el Celta siendo coruñés. Que no vuelva por aquí. Que seguro que solo va por la pasta, afirmación basada en el desconocimiento más riguroso. Y aún así, ¡qué locura! ¿Se imaginan estar en sus trabajos por dinero? Y los de Villabajo entraron a torear la furia de los de Villarriba. Doblando la vergüenza pero, al menos, volviendo el debate previsible. Los títulos, los canteranos, etc.

Como no hay remedio, solo tres apuntes. Tino -el rojo- se llama Tino Fernández, que no deja de tener gracia. En Parchís, que eran cinco, además de los cuatro colores había uno que hacía de dado. Y a uno de esos tuiteros furibundos le acabé siguiendo porque le gustaba el ciclismo. Siempre hay algo que nos une.

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