La casa de muñecas

En Ciudad Jardín los cinéfilos sueñan con Norman Bates o Bullitt


En Peruleiro, cuando yo tenía nueve años, algunos vecinos se inventaban fórmulas disparatadas para negar que eran del barrio. Cuando a estos negacionistas les preguntabas por su calle, renegaban a lo grande, tirándose de cabeza a la fábula:

-Yo vivo por Ciudad Jardín.

Con un par. Sobre todo en 1980, cuando la distancia entre Peruleiro y Ciudad Jardín era de una calle, Gregorio Hernández, que medía cuatro carriles, sí, pero también dos mil años luz. Era un poco como aquello que decía Philip Roth sobre el abismo que se abría en su niñez entre el barrio judío de Newark y las luces deslumbrantes de Manhattan, en la otra orilla del Hudson:

-Cuando yo era niño, más allá de Newark estaba el río Hudson, que en aquellos tiempos no era tan fácil de cruzar. Para nosotros Nueva York estaba tan lejos de Newark como Nueva York de Europa. Por eso, cuando ahora alguien me dice: «Usted es de Nueva York», yo le replico: «No, de Newark». Y siempre me contestan: «Bueno, es lo mismo». Y yo apostillo: «No, entonces no era lo mismo».

Hace treinta años Peruleiro y Ciudad Jardín tampoco eran lo mismo. Ni siquiera estaban en el mismo sistema solar.

Ciudad Jardín en realidad nació a principios del siglo XX para construir viviendas para las clases medias y bajas, pero la cosa se les fue de las manos a los promotores y acabó convirtiéndose en algo muy diferente, con sus chalés de piscina y porche acristalado encaramados en lo alto de las cuestas para contemplar el mar acostado sobre la ensenada de Riazor.

Aquí las casas aún tienen jardinero, que en los tiempos muertos saca las hojas de la fuente, en la que siempre hay un niño meón que llena el estanque con su meada ornamental. Además de estos Manneken Pis de importación, también asoman los temibles enanos de jardín, que son tan horteras que hasta hacen ladrar a los dóberman en sus casetas.

A falta de tiendas, sobre el mimado césped de Ciudad Jardín crecen hospitales -como el Belén o el Modelo, por donde hemos pasado todos para ver a un paciente o para tumbarnos en una camilla mirando fijamente los fluorescentes del falso techo- y colegios, como la Compañía de María y el Hogar de Santa Margarita, que en los tiempos de la separación de niños y niñas se insultaban de ventana a ventana para matar el tiempo mientras no empezaba la siguiente clase. Aquel combate era una extraña forma de ligar, pero a veces de la lucha salían unos novios que en los recreos aprovechaban para morrear entre las hortensias y los portales de Ciudad Jardín.

Ya no funciona el Sanatorio Riazor, que daba a la plaza de Portugal, y que estuvo cerrado muchos años hasta que se transformó en escuela de turismo, de nuevas profesiones o algo así. De regreso a casa, yo pasaba junto a aquel esqueleto abandonado, donde todavía se leía el nombre en mayúsculas, y miraba de reojo por si salía algún fantasma hospitalario a cobrarse las cuentas pendientes. Porque aquella osamenta tenía algo de espectral, como el sanatorio del Socorro, que también lleva lustros cerrado. Pintado de blanco, con sus letras rojas y decadentes en la fachada, parece el decorado de una peli de terror y por eso lo saca Nieves Abarca en una de sus novelas de crímenes (El hombre de la máscara de espejos).

Lo cierto es que Ciudad Jardín, de noche, estira las sombras de los paseantes como en El tercer hombre, y a uno a veces le da la impresión de estar en las cloacas de Viena, de tan barrocas y lúgubres que le salen las sombras a las farolas. Aunque yo creo que nos ponemos algo cinéfilos porque estamos en el barrio del productor Ignacio Benedeti, que tiene en el bajo una sala de cine donde proyecta dibujos de Tex Avery. Tal vez por eso, como sus personajes, nos salimos del fotograma, a ver qué hay más allá. Y más allá, claro, están las cuestas de Ciudad Jardín, que recuerdan algo a aquellas cuestas de San Francisco por las que Bullitt perseguía a los malos con su Ford Mustang verde.

Con tanto celuloide en la azotea, también nos da por pensar que Ciudad Jardín tiene muchos chalés que parecen la casa de Norman Bates, aunque nunca vimos por allí a Norman Bates, ni siquiera a su difunta madre (perdón por el spoiler).

Como el tranvía pasaba por la avenida de La Habana -la misma ruta que luego trazó el trole y ahora el 3- hay mucha foto sepia y tranviaria de los chalés que dan a Preferencia y que han sobrevivido a todo, incluso a los cubos de diseño, que también han llegado a la Ciudad Jardín de Villa Molina y de los tejados de paja, que le dan a las dachas un toque muy irlandés, como de cabaña de El hombre tranquilo.

Ahora, con la ventolera de los siete años de vacas flacas, hay varios chalés abandonados, con la maleza creciendo a monte en el porche, y hasta se ven carteles de «se vende», pero luego no se vende porque las visitas se palpan la cartera y no tienen dos millones.

Los que ni siquiera podemos soñar con vivir en Ciudad Jardín vamos por allí a que nos miren el corazón por dentro en el Modelo -donde los cardiólogos nos mantienen a este lado de la existencia a pesar de nuestros vicios- o a pasear el chucho. Porque a los perros de otros barrios, a Perla del Agra o a Hannibal de San Roque, les gusta mucho venir a mearse encima del metro cuadrado más caro de A Coruña.

Ciudad Jardín, a fin de cuentas, es la casa de muñecas que hace un siglo le pusieron los Reyes Magos a Coruña en el zapato. Con sus piscinas como de agua mineral, sus canchas de tenis (ahora de pádel) y sus palmeras de herencia, todavía hoy está muy lejos de mi calle.

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