Más de 25.000 personas despidieron las fiestas de A Guadalupe interpretando «A rianxeira» en una plaza iluminada por miles de bengalas

Álbum con los momentos más intensos del apoteósico final de las celebraciones

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Más de 25.000 personas despidieron las fiestas de A Guadalupe interpretando «A rianxeira» en una plaza iluminada por miles de bengalas Álbum con los momentos más intensos del apoteósico final de las celebraciones

RIBEIRA / LA VOZ

Alguien comparaba hace unos días las fiestas de A Guadalupe de Rianxo con los San Fermines, lo que puede considerar una exagerada osadía, pero, salvando distancias y aplicando una suma de méritos divididos entre el número de habitantes, y aplicando coeficientes reductores tales como renta per cápita y situación geográfica, las rianxeiras pulverizarían a las que se consideran una de las mejores celebraciones en el panorama estatal. Claro que en Rianxo no hay encierros en los que correr delante de los toros, ni falta que hace, pero sí alicientes diarios que obligan a estar en forma para llegar al último día, jornada que se alarga tanto que alcanza a ocupar la madrugada hasta que se abre el sábado.

Como en los San Fermines, los rianxeiros se inventaron hace años un fin de fiesta muy coral que consiste en cantar la histórica Rianxeira en la plaza de Castelao; al revés de los pamplonicas, no exclaman un triste «pobre de mí» porque saben que no se trata de un adiós, sino del comienzo de la edición siguiente.

Despedida a lo grande

Se calcula que en torno a más de 25.000 personas pudieron darse cita en el emblemático corazón de la villa que alumbró al más insigne galleguista para asistir a la despedida de una de las ediciones festivas más concurridas de los últimos años.

Las temidas caravanas de entrada y salida, la pesada búsqueda de un lugar para aparcar o la amenaza de lluvia podrían haber disuadido a muchos de acudir a Rianxo la noche del viernes, pero la Policía Local diseñó un efectivo plan para evitar los trastornos que siempre causan los coches, y debió de ser la Moreniña, a la que apela Ramón Iglesias, Xixí, cada año, la que se encargó del apartado meteorológico, puesto que la lluvia más pertinaz no se dejó ver en los ocho días de festejos, hasta bien entrada la madrugada de ayer, y ni esta fue capaz de expulsar de la plaza a las más de cinco mil personas que a las siete de la mañana parecían no resignarse a aceptar que las grandes fiestas de A Guadalupe habían llegado a su fin.

Se sabe que a la villa arribaron la noche del viernes personas procedentes de dentro y de fuera de Galicia, ansiosas de vivir un fin de fiesta apoteósico. A medianoche, los vecinos demostraban lo que había dicho su alcalde al principio de las celebraciones: que el rianxeiro es más de verbena de baile que de quedarse mirando el espectáculo, y al son, primero, de la orquesta Charleston; a continuación, Alkar; y después, Metrópolis, fueron llegando los foráneos y llenando poco a poco la empedrada plaza, en cuyos alrededores podían adquirir las bengalas para iluminar la cantata.

Terrazas fuera

A la espera de que llegaran las dos de la madrugada, las callejuelas que inspiraron a Castelao, Dieste, Manuel Antonio y a tantos otros creadores locales y foráneos, se fueron llenando de viandantes en busca de mesa en las terrazas, ya que el interior de los locales estaba petado. En las rúas, las sillas y mesas empezaron a desaparecer, no por arte de magia, sino por la obligación de dejar expeditas las salidas por si fuese necesaria una evacuación de las miles de personas que estaban llegando a Rianxo.

A las dos menos cuarto, la orquesta Alkar empezaba a caldear el ambiente con un ensayo: canto del Miudiño con las manos en alto; al que siguió el Pousa, y el Galicia, cada día más linda... hasta que se subió Xixí al escenario y a la hora señalada, empezó el esperado canto de A rianxeira y el encendido de miles de bengalas que llenaron de luz y humo la plaza Castelao.

Abrieron los músicos de Alkar, que pasaron el testigo, en el otro extremo de la plaza, a Charleston; y estos, se lo cedieron, en la esquina inversa, a Metrópolis, y entre todos, grupos y público, sumaron unos veinte minutos del ondiñas veñen e van interpretado por miles de almas.

Y, como no podía ser de otra manera, al final fue Ramón Iglesias, Xixí, el que puso la guinda, primero, con un rapapolvo a los hosteleros que no colaboraron con las fiestas, con una indirecta: «Eló nós podemos ir tomar algo aos seus bares e pagar dentro de 15 días?». Para seguir con la clásica llamada a la responsabilidad, «non collades o coche se estades mal, que os pais estamos preocupados por vós». Sin olvidar que «estou canso e hai que coller o relevo, pero terei que seguir». E insistir «non podo, non podo», cuando la plaza pidió «que bote o Xixí», y Xixí lo que hizo fue hacer botar a la plaza.

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