Conor McGregor, necio


He sido tan fan del luchador Conor McGregor que hasta me planteé secretamente tatuarme esa horterada de rey gorila masticando un corazón que él lleva en el pecho. Con McGregor, peleara contra quien -o donde- peleara, todo el público estaba lleno de banderas de Irlanda. Nunca se vio en la UFC un seguimiento tal. Además de su enorme carisma y talento, ser irlandés jugaba mucho a su favor, porque en Conor resuenan los mitos de Irlanda. La figura del feroz guerrero que luchaba contra el colonialismo británico se alinea al trasluz con McGregor y sus compatriotas ansían inconscientemente mirarse en su indomable reflejo.

Despertar una adherencia tan brutal en la gente es muy peligroso si no se tiene una cabeza bien amueblada. El emperador Marco Aurelio, cuando era elevado por los vítores y aclamaciones de los romanos, tenía un esclavo que le decía por lo bajo «recuerda que solo eres un hombre». Solo un hombre.

Cuando McGregor ganó su primer cinturón y se abrazó llorando a su mujer en el octágono me emocioné. Ahí estaba el exfontanero que se convirtió en dios reconvirtiéndose en hombre, qué camino el de este irlandés. Parece que pasó una eternidad desde aquel día y ahora Conor es más conocido por sus actos fuera del campo de batalla que dentro. Yo siempre lo he justificado, pero la semana pasada salió un vídeo suyo dando un puñetazo a un anciano sentado en un bar. Eso es algo que me supera. Conor McGregor, eres un necio y como un día me encuentre contigo en persona probablemente niegue haberte llamado necio porque me cagaría vivo, pero lo eres.

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